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Niños con bombas en otro parque de diversiones gringo
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Las tortugas también vuelan
Bahman Gohbadi, 2004

Tras un título de poesía liberadora y ligeramente cursi, se esconde una mirada profundamente amarga, sin espacio para las risas, que termina completamente amarga y escéptica al cerrar los créditos. Eso no quita los momentos cómicos de la historia, pero el mensaje final es abiertamente suicida, por necesidad. Del cineasta kurdo Bahman Gohbadi, quien ha hecho del desastre bélico una biografía de vida y también de cine, su tercera película acierta con su ataque cruzado al mundo bastardo de los adultos y, puntualmente, al ejército militar estadounidense, que por más tecnológico que sea, mantiene las costumbres de guerra de antaño en lo que a rapiña y violación de los invadidos corresponde.

También acierta en su crítica metatextual a la falsedad del mito de la aldea global en nuestro mundo, graficando con sencillos ejemplos los costos morales de querer ser un país más “desarrollado” y perder las raíces en el mundo globalizado, aunque el tema esté abierto por cuánto más complejo es hablar de naciones con cultura autóctona y cerrada en la actualidad. Lamentablemente, como reflejo agudo de una tierra basureada y devastada por la guerra, donde se yergue el nihilismo de su autor, el argumento del film no funciona adecuadamente. Aquellas secuencias de poesía expresiva y simbolista, efectivas en el transcurso del minutaje, levantan dudas cuando las evocas en el recuerdo y nos llevan a pensar qué hubiera pasado si el film hubiese sido mucho más documental.

Los elementos dispares de ningún modo le quitan el angustioso peso político y social a un film rodado apenas dos semanas después de la invasión estadounidense a Irak, con niños sin formación profesional. Es evidente que su director no quiso agarrar al toro por las astas y planeó una jugada más inteligente, pero en esa finta experimental los bordes más filosos de la historia, por temor a no ser tan explícitos, ni siquiera asoman. Así, Satellite (Soran Ebrahim) es el líder carismático de una banda de infantes que viven en el Kurdistán iraní, al noroeste de Irak. Dirige a sus discípulos con la fuerza de un director de cine, aunque no con la perversidad del otro gran líder, Saddam Hussein, pues su objetivo es altruista y difícilmente comercial. Todos ellos son niños huérfanos que, para ganarse la vida, quitan minas explosivas de los campos de chatarra que los rodean y las venden al extranjero en una parábola que la historiografía conoce de memoria. Muchos de ellos son cojos o le faltan brazos. Aún así, hacen su trabajo como si de un buen juego se tratase. Sin dimensión del peligro, aman la muerte como buenos soldados en busca de buena paga.

El problema está en que las relaciones entre ellos y Satellite tienen algo de caricatura, como si el guión hubiese querido ser fiel al fresco realista del cómo pensaría un niño, por lo que no andan elevando quejas intelectuales y se esmeran en las reglas del juego, pero la metáfora fantástica de sus vidas no tiene correspondencia con el fondo en que transitan. Esa tensión no juega a favor de la finalidad política del filme, y por eso sus relaciones, más que ingenuas, a ratos se vuelven anodinas para el espectador.

Seguramente, Gohbadi se resguardó para cargar el peso en la otra línea dramática: Agrin (Avaz Latif), de unos doce años, carga con un niño ciego a cuestas y con su hermano manco. La mera descripción del trío estremece, y la historia nos descubrirá detalles aún más sórdidos. El problema está en la utilización de estas piezas: mientras Agrin sorprende por la tragedia griega, fatídica, que define su mirada desolada y frontal al lente y sus obsesiones suicidas en el acantilado, sus acompañantes masculinos entorpecen al borde de la exageración y la sensiblería. Muchos llantos y cierta morbosidad para apretar el pescuezo de la platea, al poner al niño más pequeño siempre al borde del peligro, y algo de realismo mágico en el mayor, el manco, quien tiene visiones del futuro y se convierte en el nuevo guía del pueblo, levantándole popularidad a Satellite. Nuevamente, los costos de imaginar más allá de lo retratado desconcentran al espectador y desbordan en ambición cuando los detalles espectaculares no eran necesarios.

Y a pesar de la pobreza en las piezas narrativas referidas a recuerdos o premoniciones –descontando la estremecedora y roja secuencia en que los estadounidense irrumpen con tanques y falos–, o el griterío constante de niños en todo el film (algo irritante para nosotros, que somos muy callados), sí vale la tristeza de todo el relato que nunca abandona su abanderado punto de vista: la óptica de los niños, de quienes se dice que son la esperanza del mundo, aunque el valor absoluto de la ecuación aquí resuelta –se sugiere– no tiene reparo. El retraso cultural impuesto por los países avanzados, la inversión de sentido, convirtiendo a los niños en mercenarios, la dolorosa confirmación de una historia de amor entre Agrin y Satellite, donde la inteligencia tecnológica del osado galán se torna nula ante la violación animalesca de la historia, nos confirman a todos nosotros, lectores de noticias y de la industria del espectáculo, como estatuas cultas en un mundo que ya no necesita de privacidad para ser abominable. Cuando Las tortugas también vuelan despliega aquellos bordes filudos en que nadie osa pincharse, la consternación corre en el más absoluto silencio. Es, simplemente, recordarnos el horror que pueden vivir otros, muy lejos de nuestras casas, con muy buenas imágenes.

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