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María José Viera-Gallo y su debut como escritora:
Shogún, Livia y los hombres tiburón bailando en la ciudad
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Livia Spector tiene 17 años y ya cuenta con bastante de qué arrepentirse. La heroína de Verano robado, la primera novela de María José Viera-Gallo, vive sus días al límite y bien podría ser amiga de Javiera Mena y encontrarse con Shogún a la vuelta de la esquina. El descubrimiento de la sexualidad y el acercamiento a un mundo concreto y descarnado constituyen las experiencias de esta pariente anímica de Holden Caufield, el (anti)héroe creado por J.D. Salinger.

“Podría ser mi abuelo, espiritual eso sí; uno entre tantos”, comenta Pepi, nombre que le dan sus cercanos a María José, respecto a J.D. Salinger, el creador de Holden Caufield, el protagonista de El guardián entre el centeno . Se parece a Livia Spector por sus vivencias cotidianas y, al mismo tiempo, existenciales. Estas implican hasta probar una pipa de agua y huir del abuso de un yuppie sicópata.

Pepi describe una ciudad extraña, con seres que se catalogan de acuerdo a sus drogas –un maniático publicista adicto a la coca, un padrastro en la misma senda– y a sus apetitos de piel. Livia se los cruza en su barrio, Ñuñoa: “Es freak”, se ríe María José, ya que ahí estudió Periodismo y participó de un montón de fiestas en casas de conocidos.

La chica con una familia disfuncional que es Spector (“sonaba como Espectro”, aclara Pepi) y que escucha a Icalma y My Bloody Valentine en su wurlitzer mental se vería extraña en el boulevard del mall donde se realiza esta entrevista.

Recién iniciada como novelista, Viera-Gallo está firmando su último retoño en un café-librería del centro comercial, un espacio perfecto para unas preguntas indiscretas acerca de Verano robado (Alfaguara, 2006). Antigua columnista de la Zona de Contacto (como Anita Santelices), también ha publicado cuentos en antologías como Música ligera y Disco duro .

—¿Cómo fue incluir a Javiera Mena en la escena en la que Livia se acaricia en el baño?
—Descubrí a Javiera en vivo y me encantó. De hecho, podría ser una amiga de Livia. Lo de la canción es divertido porque es muy inocente, casi infantil.

—¿Infantil?
—Sí, ese momento en que sale: no hay nada más pueril que la masturbación…

—¿Y Shogún?
—Conozco a Cristián Heyne (Shogún) desde hace tiempo y soy fan de él. Es alguien muy cálido, y aparece en la novela salvándole el día a Livia. Siempre escucho Demonio cuando escribo, me pone en el mood que necesito…

—Un humor en estado crítico…
—Creo que la literatura está para mostrar lo que está en la sombra, lo que duele, lo que nadie quiere ver, la infelicidad, etc. Si yo quiero ser optimista, prendo la tele. En el caso de Chile, no me interesa crear un personaje feliz, pues creo que estamos con sobredosis de optimismo.

—¿Cómo?
—Por las cifras económicas, por el ánimo de la gente, que te dice que todo anda bien, que hay mucho espacio para nuevos proyectos. Cada vez que vengo, me siento envenenada un poco por esto, como cuando comes demasiado chocolate, ¿sabes?

—Pero tú retratas la esfera más íntima.
—Puede ser que la literatura esté para contar las historias no oficiales de las personas. Alguien por ahí le decía a esto “las verdades indirectas”. Yo vivo en Nueva York. Si alguien me pregunta cómo informarse acerca de esa ciudad, cómo conocerla a través de libros o guías, le recomendaría leer a Herman Melville, a Truman Capote, a Salinger, a autores con una visión más personal.

Respecto a su novela, María José cree que se aproxima bastante al realismo, a una concepción naturalista. ¿Al nivel de llegar a una desnudez chocante del ambiente? “Es que la vida es un shock”, comenta ella. “Yo quise armar un personaje que estuviera expuesto a situaciones límites, que no tuviera nada seguro”, apunta la autora, quien ha podido tomar más distancia con su “hija literaria” recién ahora, una vez terminado el trabajo. “Si uno parte de ahí, hay mucho que recorrer”, prosigue y mira el boulevard alrededor. “Por ejemplo, si Livia fuera una niña comprando feliz aquí en el mall, no tendría nada qué decir. No hay historia”, comenta.

—A menos que le pasara algo.
—Claro, que se la violaran en el baño o una cosa así —se ríe.

—Livia Spector vive bien intensamente…
—Sí. Hay una fuerte paranoia en ella, también. Esta adolescente tópica ve desde el interior cómo todo su entorno cambia, desde su familia hasta su cuerpo, el florecer sexual y el hecho de quedarse sin dinero con su medio hermano menor a cargo. “Es una edad, los diecisiete años, en que el paraíso de la infancia se acabó”, explica. “Se acabó el jugar y creer que tus padres son las mejores personas del mundo. Empiezas a cuestionarte todo, desde tus progenitores hasta tu escuela, la sociedad… Es un poco un clásico: el despertar a la adultez”.

La inocencia de Livia se interrumpió mucho antes, y bruscamente, a los 14 años. Sale una frase al aire en la conversación, respecto al erotismo de esta muchacha, quien los primeros dos meses de pololeo no quería tener sexo y los siguientes dos no podía parar de tenerlo (toda una “Lolita” moderna). Las risas se interrumpen por el café que llega y la presencia del mozo, que invita a la compostura. “Es un encuentro brusco y desesperado con el sexo opuesto. Son cosas que le pasan más allá de su raciocinio y no sabe las consecuencias de eso”, acota Pepi.

—No lo pasa tan mal tampoco, lo comido y lo bailado…
—Sí, lo que pasa es que ella se venga también de su primera noche, de una pérdida de la virginidad que no fue tan buena.

—Ella guarda un lugar que no nadie toca.
—Sí, el lunar de la soberanía. Volviendo a lo literario, yo, tal vez por ignorancia, por no haber leído lo suficiente, no he encontrado personajes femeninos con los que me pueda identificar. De partida, siempre tienen entre 30 y 50 años, un mundo que a mí me da un poco de lata, el de las amigas de mi madre.

—Algunas envejecen bien… ¿Catherine Deneuve?
—Es verdad, je je je. Lo que pasa es que con la edad le vas agarrando cada vez más bronca a los hombres, hasta terminar inevitablemente un manifiesto feminista —lanza entre carcajadas—. Existe una ola feminista bien potente. Tu vois, c’est la révolution.

Lo cierto es que el cuerpo de Livia ya no es el de una niña, y se transforma en objeto del deseo. “Y en una herramienta”, anota Pepi. El panorama masculino que encuentra, entonces, es bastante desolador: los hombres son tiburones o lombrices . “Hay conejitos, también”, añade María José, conciliadora.

—¿Cómo partió lo de la categorización de hombres?
—Fue a través de la palabra “perra”. Ellos tratan a las mujeres de perras, está muy generalizado. Pero esto deriva en un animal, por lo que me pregunté: si las mujeres son perras, los hombres, entonces, ¿qué son? Tiburones, pues: te muerden y se van. Claro que no todos son tiburones, y los otros…

—¡Qué ánimo! Ésos son los arrastrados…
María José se ríe:
—Los parásitos. Los tiburones son depredadores y las lombrices son parásitos. Y los que están al medio, son los hombres. Los buenos se llaman hombres, entonces no hay para qué hacerle analogías.

—Alentador, el título de hombre se gana…
—Pues claro, ¿qué crees?

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