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Sordera
Curso práctico de supervivencia femenina en el universo indie.
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Eventualmente me quedaré sorda, y mi cerebro será como la línea recta que pitea muerta en la sala de urgencia. Dejaré de medir el tiempo en escalas de cuatro minutos, esperando que en mi vida haya un comienzo aventurero, un anuncio de coro que me erice los pelos, un climax entre triste y eufórico para que con el desenlace me den ganas de hacer todo de nuevo a sabiendas que me voy a equivocar. Cuando eso pase, no habrá nada. Silencio. Un tinnitus. El recuerdo de la mejor canción del mundo. Nada.

Eso sería lo peor que podría pasarme, pienso. Una tragedia modesta, al alcance de mis posibilidades. ¿Le teme usted a quedarse solo como un dedo o volverse loco? Pues a mí me da miedo sólo poder escucharme a mi misma. En el metro, el nuevo de Islands me evoca mi casa en Viña, el olor a gato, el sol a contraluz en las ramas de la higuera; me pierdo y ya no siquiera escucho a estos canadienses que no tienen nada que ver con mi infancia. Frenazo. Pestañeo. No sé en que estación del metro estoy. Cierro los ojos. Interpol. “Settling down takes time/ One day we'll live together/ And life will be better/ I have it here, yeah, in my mind/ Baby, you know someday you'll slow/ And baby, my heart’s been breaking”. Si la gente se diera cuenta lo extraña que me siento, ¿me dirían algo? “Mijita, eso le pasa por escuchar tantas canciones raras. Ya no siente a voluntad, parece loca, pone una canción triste y le da pena, pone una alegre y se pone feliz. Yo a su edad me enamoraba de hombres de verdad y me ponía a llorar con cosas importantes. Y usted ahí, toda cobarde escuchando a esos gringos medio afeminados que lo único que hacen es lloriquear o pretender que están siempre felices. Como si fueran bandas de circo o la gente más especial del mundo. Sáquese esa cochinada de audífonos y váyase a dar una vuelta”. Frenazo. Nadie va decirme eso. Un ejecutivo me sonríe de lo más amable. Yo le sonrío de vuelta. Él no va decirme eso.

Belle & Sebastian. “Well my heart has fallen down/ Thought I’d talked myself around/ But to be myself completely/ I’ve just got to let you down” . En el supermercado recuerdo que Rodrigo me dijo que el problema con la gente que escucha tanta música indie es que no sabe nada de amor, aunque se desagarren las venas con sus discos favoritos. Y brindamos por su ocurrencia, pero ahora –mirando la manzana en una mano y la bolsa de plástico en la otra– pienso que a mí me pasa lo mismo. No tengo idea de sentimientos, porque los escucho tanto que creo que terminé por saturarme. Como los doctores que viven diez años menos que el resto, o los psicólogos con burnout, ¿terminaré sorda como una tapia, con la sensación del cuerpo dormido porque ya no puedo escuchar ni una sola nota grave más? ¿O viviré de sensaciones fantasmas, con un loop eterno de añorar paseos a la playa de los cuales ya ni me acuerdo? En la caja registradora digo buenas tardes y la cajera mete las cosas en la bolsa. Le sonrío y me sonríe de vuelta. Ella tampoco va a decirme nada.

Keren Ann. “This is why I always whisper/ I'm a river with a spell/ I like to hear but not to listen/ I like to say but not to tell/ This is why I always wonder/ There's nothing new under the sun/ I won't go anywhere so give my love to everyone” . Dejo las llaves sobre la mesa. Sé que tengo miedo de quedarme sorda, porque tengo terror a darme cuenta de que no puedo sentir nada si alguien no le pone música por mí. Y ante eso, ya sé lo que tengo que hacer. Como una heroína británica, tengo que buscar lo que me haga feliz más allá de los mp3s. Eso que se encuentra somewhere over the rainbow y de seguro no tiene idea que lo estoy buscando.

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